martes, 2 de junio de 2009

SPEED Y FE por Sara Otsedom. CAPÍTULO 4. Una tarde de agosto


Las ruedas del coche sobre el puente marcaban la marcha, con un salto rítmico, que dividía el tiempo en dos espacios y una cadencia, dos espacios y una cadencia. Fuera, el intenso calor del mediodía.
Miraba por la ventana lo ancho que llegaba a ser el río Guadalquivir, toda una tajada de agua en mitad de una ciudad derretida, al pleno sol de las tres de la tarde. Una temperatura extrema, de la que uno puede resguardarse al amparo del aire acondicionado del coche, mientras ensueña con otros tiempos. Sara se sintió a salvo dentro del coche, separada del calor de aquella tarde, y recordó la temperatura sufrida, cuando era una niña, en aquellas largas siestas sobre el suelo. Un calor telenovelesco, aderezado de una bochornosa humedad, que llegaba a refrescar la piel humedeciéndola, y convertía el aire en una masa espesa, casi irrespirable. Cuatro o cinco niñas se peleaban sin motivo aparente sobre una manta tendida en el suelo y el movimiento de sus cuerpos hacía que el calor aumentase. El agobio recalentaba los ánimos hasta que el grito de la madre zanjaba de forma drástica todas las acciones y contracciones emprendidas sobre el gastado suelo. La telenovela se desabrochaba dulzona a gusto y llenaba de susurros sudamericanos el silencio obligado y las miradas enfadadas de las cinco niñas aperreadas en aquellas no siestas diarias.
El frenazo de Carlos frente al semáforo hizo volver a Sara a su tiempo. Un tiempo que parecía correr demasiado a prisa, para que ella pudiese montar de forma adecuada el puzzle en que su vida se había convertido. La vida le parecía, en demasiadas ocasiones, una película ajena. Hechos y acontecimientos de los que no participaba de forma activa, sólo su cuerpo parecía desarrollar determinadas acciones de las que ella no se sentía protagonista. Al principio comenzó a sentir esta sensación sólo de vez en cuando, sobre todo tras las resacas. Pero ahora lo invadían todo. Solía culpar a las malditas pastillas que parecían tener más efecto del que aparentaban. Parecían abrir un submundo de placeres que inoportunamente, poco a poco, se transformó en caídas estrepitosas desde precipicios por los que Sara vomitaba toda su existencia, esperando que llegase el martes y poder dejar de sentirse ofendida por cualquier mirada.
Carlos alucinaba con los cambios a los que la mujer a la que adoraba parecía sucumbir. No entendía qué había hecho mal, porque para él todo tiene un origen y una finalidad. Todo está sometido a las leyes de la razón y, la locura, no debía instalarse de ninguna manera en su racional y programado mundo. No podía entender como después de llevar una hora diciéndole a Sara que estaba harto de su mutismo y de su mantenida insensibilidad esta mirase al limbo tan tranquila.
Durante sus años más jóvenes no había chica que se le resistiese. Esperaba que Sara, que vivía con él desde hacía más de dos años llorase ante su amenaza de abandonarla. Pero ella parecía estar inmunizada, por encima de los sufrimientos que él creía que le acarrearía su pérdida. La miró fijamente como quien espera la solución al enigma que puede darle la felicidad y sólo encontró un océano de frialdad infinita.
Cuando quiso darse cuenta, en el interior del coche, la temperatura había subido hasta cuarenta y dos grados. Un policía abrió la puerta y le preguntó si se encontraba bien. No había ni rastro de Carlos y una fila enorme de coches gritaba con el claxon sin cesar. Sara cogió su bolso de la parte trasera, sonrió al policía que seguía hablándole, bajó del coche y con paso tranquilo, embriagada de calor, se marchó.

3 comentarios:

Anónimo dijo...

qué bueno este.

p.

kilometrica dijo...

Espero es libro de la escritora que me hablaste. Puedes escribirme aquí el nombre si quieres y lo rebusco. KIlo

Anónimo dijo...

se llama Sylvia Plath. Esta semana me largo a la playa pero la que viene, si quieres, quedamos y te lo paso. No sé igual no te gusta,hay que contextualizarla en su época, (EEUU años 50).., bueno ya me dices cuando te lo pase.
Un beso, guapa.