lunes, 10 de enero de 2011

Purpurina de colores gratis

Sus manos estaban heladas. Ella las cogió entre las suyas, calentitas en el interior del coche, mientras él hacia una verdadera fiesta por verla.
Hacía más de un año que no se veían, siempre en aquel semáforo, él vendiendo clínex para narices secas por la rabia y el miedo, y ella estresada, tensa, con los ojos pegados a la próxima luz verde con la que pisaría el acelerador a toda pastilla para llegar al trabajo.


Al verlo hoy las dudas se disolvieron como un azucarillo en agua tibia, pero sintió una desdicha aún mayor al darse cuenta de que lo que buscaba era tan sencillo que había pasado desapercibido ante sus mismísimas narices.Lo tenía justo en frente, era el aliento vital, la calidez que no se compra con nada, algo sencillo, precioso, que solo pueden ofrecer unos pocos y que él altruistamente, en un instante se lo había regalo, introduciéndolo en su coche con su brillante mirada.

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